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Virgen del Carmen

La primera vez que el ángel habló a las niñas de Garabandal era el 1 de julio de 1961. Y lo hizo para anunciarlas: «La Virgen del Carmen se os aparecerá mañana, domingo». Las niñas exclamaron llenas de alegría: «¡Que venga pronto!».

Y así se cumplió. Al terminar esa primera visita de Nuestra Madre, las niñas cuentan que la Virgen aparenta tener unos 17 años, que lleva un vestido blanco y el manto azul, el pelo castaño peinado con raya en el centro. Dicen que no lleva velo, sino una corona de doce estrellas y sobre la mano derecha un escapulario marrón. Lo sorprendente es que la Virgen del Carmen que describen no es como la Virgen del Carmen que ellas conocen y que todos conocemos, es decir, vestida de marrón, con capa y velo blancos… Ellas no lo sabían entonces, pero la Virgen se les manifestaba tal y como se la venera en el mismísimo Monte Carmelo, en el Convento Carmelita Stella Maris, levantado sobre la gruta del profeta Elías, en Haifa. Allí, en Tierra Santa, Nuestra Madre viste precisamente así: de blanco, y su manto es azul.

Pero, ¿por qué la Virgen se manifiesta en Garabandal como Virgen del Carmen? Responder a esta pregunta daría para escribir un libro entero, pero sí que hay algo que podemos adelantar. La espiritualidad carmelitana se caracteriza por ser una vida de intimidad con Nuestra Madre, hasta el punto de poder definirse con una sola frase: «El Carmelo es todo de María». Y si hay algo que caracterice las apariciones de Garabandal es precisamente esto: ser otra vida de la Virgen en esta tierra, que nos permite entrar en su intimidad, que convive con nosotros para mostrarse como una Madre llena de ternura y desvelos para con sus hijos, que nos dice al oído: «Te amo y deseo tu salvación».

El incansable apóstol de Garabandal, el sacerdote belga P. Materne Laffineur, apenas tres meses antes de su muerte, escribió esta reflexión que puede ayudarnos a penetrar en la relación entre Garabandal y la espiritualidad carmelitana: «Siempre es así la subida al monte Carmelo, y siempre es así también en Garabandal. No hay otra vida, no hay otro camino que el de la penitencia, el sacrificio y la humillación. Porque Garabandal es la soledad del Carmelo... es la soledad de Juan de la Cruz, es la soledad de Teresa de Ávila y es también la soledad de Teresita» (26 de agosto de 1970).

El Carmelo es todo de María, pero también en Garabandal Nuestra Madre nos pide ser todo suyos, para llegar a ser propiedad de Jesús. ¿El camino para conseguirlo? El de la recia espiritualidad que nos proponen sus mensajes, que beben de la espiritualidad carmelitana, como bien intuía el P. Laffineur: penitencia, sacrificio, humillación, y la «soledad eucarística» que nos permita ser almas de profunda oración.

 

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