Marcis Morillo Lobo

Debo confesar que estaba —y estoy— atravesando momentos difíciles. Desde hace siete años mi vida ha dado un vuelco terrible. Pasé de ser muy feliz, a no parar de recibir malas noticias y sufrir muchísimo: primero, la inesperada muerte de mi padre; al poco y más inesperada aún, la muerte de mi hermano; después, un tumor que me imposibilita el sueño de ser mamá algún día; tras eso, mi madre, delicada de salud, entra en coma… Me sentí desbordada por el dolor y la desesperanza al ver que me quedaba sola y sin familia, sin hijos y sin sobrinos. Mi rabia descontrolada se volvió contra Dios y, con todo mi pesar os cuento, que renegué de Él muchísimas veces. Pensé que no podía existir un Dios que me hiciera sufrir tanto en tan poco tiempo, que no lo merecía. Sentía deseos de morir con mi familia, porque ya no tenía motivación para estar viva.

Cuando vi la película «Garabandal, solo Dios lo sabe», tuve una enorme sensación de gozo dentro de mí. No podía separar mi vista de la pantalla. Salí ese día con la curiosidad de saber más y más, porque comprendía que es imposible plasmar en apenas dos horas todo lo que allí ocurrió en cuatro años y hasta la fecha, aunque es verdad que la película transmite el mensaje principal: te lleva a entusiasmarte por la conversión, por seguir el camino recto al cambio, por enmendar tus errores y respetar los deseos de nuestro Padre Dios.

Tenía unas ansias enormes de ir a ese lugar, algo que antes no me había pasado nunca con ningún otro sitio, pero me preocupaba que, por mi enfermedad, una endometriosis en grado IV, los periodos son muy dolorosos. Además, a causa del tratamiento que llevo, las fechas en que viene son muy fijas, y coincidía con los días que iba a estar en Garabandal. En fin, me dije que si Dios y la Virgen querían mi visita a tan maravilloso lugar, obrarían para que todo saliera bien. Y no solo salió bien sino que, por la Misericordia divina, nunca había sentido tanta alegría, paz y tanto respiro puro. Milagrosamente no sufrí dolor alguno, y desde entonces no padezco dolor. Sigo padeciendo de mi enfermedad. Tengo aún el tumor del cual seré operada en el próximo mes de julio pero, aún cuando no fui sanada del tumor, sí fui sanada de mi peor enfermedad, la incredulidad y la falta de fe. Lloré y lloré muchísimo de arrepentimiento por haber renegado de Dios. La brisa de los Pinos me abrazaba y calmaba mi llanto.

Siento en lo más profundo de mi corazón su sanación. En el mismo pueblo de Garabandal, me confesé. Tenía más de veinticinco años que no lo hacía, pero ahora lo hago con frecuencia, intentando enmendarme de mis defectos. Voy a misa siempre que puedo. Sobre todo no pierdo la misa de los domingos. Recibir la Eucaristía ha sido mi mejor medicina. Aprendí a rezar el Rosario, y lo hago cada día.

No sé si llamarán milagro a lo que mi corazón siente, pero sí sé que estoy llena de alegría, de esperanza y de ilusión, de esa ilusión que había perdido hace mucho tiempo. Ahora llevo con mucha más fuerza mis problemas y, aunque alguna vez decaigo, siento la mano de nuestro Padre Dios y de la Virgen que me ayudan a levantarme nuevamente y a seguir luchando. Son mucho más llevaderas mis pequeñas cruces si camino al lado de Nuestro Señor.