Los testigos

Muchas personas escriben y hablan sobre las apariciones de San Sebastián de Garabandal. Eso es una buena señal, porque muestra el gran interés que siguen suscitando los hechos allí ocurridos. Pero, ante cualquier acontecimiento, a quien queremos escuchar es a los testigos, a los que vieron en primera persona lo que pasó, a los que conocieron de primera mano a sus protagonistas. Eso mismo nos sucede en Garabandal: queremos escuchar a los que lo vivieron; queremos saber qué pruebas recibieron para creer que la Virgen estaba allí; queremos escuchar sus reflexiones y también sus argumentos.Y también queremos saber qué frutos está dando Garabandal: queremos escuchar a esos otros testigos que afirman que la vida les cambió en Garabandal porque recibieron allí una gracia de conversión, de sanación espiritual o incluso física, de crecimiento en la fe, de consuelo interior. Con esta sección están invitados a contribuir todos los que se experimenten —de una forma o de otra— testigos de las apariciones de Garabandal. Quien lo desee, puede enviar su testimonio a través del correo electrónico: press@peliculagarabandal.com

San Juan Pablo II y Garabandal

Juan Pablo 2

El P. José Luis Saavedra, doctor en Teología con una tesis precisamente sobre los acontecimientos de Garabandal, recoge en su libro «Garabandal, mensaje de esperanza» esta anécdota que habla del interés de Juan Pablo II por las apariciones de San Sebastián de Garabandal. El P. José Luis señala acertadamente que este mensaje enviado por Juan Pablo II a Albrecht Weber, gran estudioso de Garabandal, no supone una aprobación de ningún tipo, pero sí demuestra el interés del pontífice por estos hechos.

Llaman a la puerta. Es temprano, pero ya está́ sentado ante su mesa de trabajo, repasando unos papeles. El escritor se levanta pesadamente y sale a ver quién es:

«¿Albrecht Weber, por favor?»

«Sí, soy yo».

«Le traigo una carta certificada del Vaticano. Firme aquí si es tan amable».

Weber, aunque no lo manifiesta exteriormente, ha quedado desconcertado. Firma el comprobante, toma la carta y se encamina algo nervioso de nuevo a su escritorio. Está acostumbrado a recibir cartas del extranjero, especialmente de España, pues muchos de sus viajes y estudios los ha dedicado a investigar en ese país las apariciones de Garabandal desde hace casi treinta años. Ha publicado sobre ello multitud de artículos y varios libros. Pero, ¿del Vaticano? De ahí no le han escrito nunca y no sabe qué puede significar esta carta. Camina deprisa, preocupado, y al llegar a su mesa abre cuidadosamente el elegante sobre en que ha descubierto las señas de la secretaría interna de la casa pontificia. Cada vez está más inquieto. En el interior hay tan solo una hoja. Ni siquiera tiene muchas letras, pero los ojos del alemán saltan directamente al final del papel. Ahí encuentra unas palabras escritas a mano, un saludo afectuoso y, junto a este, un nombre, una firma: Juan Pablo II. Albrecht no puede creer lo que está viendo. Sobresaltado vuelve a dirigir su mirada al inicio del texto y comienza a leerlo con toda atención; de principio a fin, varias veces. Le impactan sobre todo estas líneas:

«Que Dios le recompense por todo su trabajo. Especialmente por el profundo amor con que está dando a conocer los sucesos relacionados con Garabandal. Que el mensaje de la Madre de Dios sea acogido en los corazones antes de que sea demasiado tarde. Como expresión de gozo y gratitud el Santo Padre desea impartirle su bendición apostólica».

Efectivamente, junto al Beato Pablo VI, este testimonio escrito demuestra que otro papa, San Juan Pablo II, conoció Garabandal y se interesó positivamente al respecto. El mismo Pontífice, tras leer el libro de Weber, «Garabandal: Der Zeigefinger Gottes» (1992), quiso enviar una nota a su autor. La nota es breve y carece de pretensiones formales. Sin embargo, posee gran interés «como expresión de gozo y gratitud».

La nota, reproducida en el mismo libro de Weber desde su segunda edición, está redactada por el secretario personal del papa, Mons. Stanislaw Dziwisz. Luego, de su puño y letra, añade el Santo Padre, al final de la misma, un saludo personal y su firma.

 

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