Nunca lo podré olvidar

 

Román Martínez del Cerro fue testigo directo de las apariciones de San Sebastián (Cantabria, España). Era el mes de julio de 1962. Tenía entonces quince años. Permaneció once días en el pueblo, junto con sus padres —Miguel y Pilar— y su hermana Aurora. Presenció numerosos éxtasis de las niñas, incluido el famoso «Milagrucu»: cuando la Sagrada Hostia se hizo visible sobre la lengua de Conchita. Afirma: «No vi nada que me pareciera contrario al dogma y a la moral católica». Y también: «En mi vida interior, Garabandal solo ha influido en afianzar mi fe y mi amor por la Santísima Virgen, mi Madre». Les ofrecemos a continuación el testimonio completo.

El 12 de junio del 2014 volví a Garabandal. Hacía muchos años que no pasaba por San Sebastián de Garabandal, y me sorprendí gratamente de la paz y tranquilidad que se respiraba en esta entrañable aldea de las montañas cántabras.

Nos alojamos en el hotel de Sari, la hermana de Mary Loli. Recorrimos y recordamos las cuatro calles del pueblo. La casa de cada vidente, la iglesia... Todo había cambiado, pero todo seguía igual.

Subimos, por la Calleja, a Los Pinos. Rezamos, allá arriba, un sentido rosario. Cenamos una improvisada cena que nos preparó Sari. Descansamos y, el viernes, a las diez de la mañana, una santa misa muy sentida y muy vivida por una iglesia con bastante gente para las pocas personas que se veían por el pueblo. Al terminar, pasé un momento a saludar al párroco y recordar a nuestro entrañable amigo, tan presente en nuestra memoria, el P. Jorge Loring, fallecido la pasada Navidad. Hacía un año que dejó un entrañable testimonio en su último viaje a Garabandal, unos meses antes de su fallecimiento a los 92 años.

Mi primera visita a Garabandal tuvo lugar en julio de 1962. Allí pasé varios días. No recuerdo exactamente cuántos, pero serían unos diez o quince días. En Cádiz, mi ciudad de origen, tuvimos noticia de los acontecimientos de Garabandal por varias fuentes. Pero una de estas era de primera mano: Ester y su sobrina Esterina que eran de Garabandal, aunque afincadas desde hacía mucho tiempo en Cádiz. En Garabandal tenían familiares.

Mi madre y mi hermana Aurora, con unas amigas, fueron en pleno curso escolar a Garabandal, en el año 1962. Mi padre, catedrático en el Instituto Columela de Cádiz, y yo, alumno del mismo Instituto y con 15 años de edad, tuvimos que esperar la llegada de las vacaciones para ir a este pequeño pueblo. Tuvimos que dejar nuestro pequeño Seat 600 en Cosío. Era imposible subir con el coche esos cinco o seis kilómetros, por esa pista forestal, hasta Garabandal. Un todo terreno nos facilitó la subida.

En el pueblo, mi padre y yo compartimos habitación en casa de Emilia, una hermana de Ester. Su casa, muy cerca de la iglesia, estaba un poco más arriba. Mi madre y mi hermana en casa de Elena, otra de las hermanas de Ester. Muy próxima a la de Conchita, entre la casa de Jacinta y de Conchita.

En el centro del pueblo, junto a la Calleja que sube a Los Pinos, estaba la casa y la tienda de los padres de Mary Loli. Allí, de noche, tuve mi primera e impresionante experiencia de las muchas vividas en este pequeño y perdido pueblo de las montañas de Santander.

Lo recuerdo como si fuera hoy, y nunca lo podré olvidar. Era de noche. Un grupo de unas diez o quince personas en la tienda de sus padres. Yo, en una esquina de la habitación, sentado sobre un saco —creo que era de arroz— me quedaba dormido. Ya Mary Loli había tenido algún aviso. Y, de repente, el fuerte ruido de su caída de rodillas, y el inicio de lo que para mí era y es un hecho impresionante e inexplicable desde el punto de vista natural.

Durante nuestra estancia en Garabandal, fueron muchos los éxtasis y apariciones que tuvieron las tres niñas: Mary Loli, Conchita y Jacinta. La cuarta, Mari Cruz, creo recordar que durante esos días no tuvo ninguno. Contar todas, y con detalle, sería largo y repetitivo, ya que hay multitud de testigos que han repetido lo que todos veíamos y vivimos.

Solo haré una mención especial a tres momentos que —personalmente— me impresionaron especialmente. El primero fue una aparición a Mary Loli, de noche, en los Pinos. Sin luz, solo con nuestras linternas. En plena aparición, rezaba el rosario a la vez que bajaba por la resbaladiza y empinada cuesta, desde los Pinos al pueblo. Yo con quince años, la seguía a duras penas. Íbamos dirección al cementerio, en la parte baja del pueblo y en el lado opuesto a los Pinos. Las cuarenta o cincuenta personas que seguían a la niña se quedaron atrás. Me quedé solo, de noche, junto a la tapia del cementerio sin luz, solo con una linterna, rezando el rosario con una niña en aparente estado de éxtasis. Sentía la presencia de una Virgen que hablaba con total naturalidad con aquella niña. Mi primera e inevitable sensación de miedo, pronto se transformó en una emotiva sensación de paz interior. Nada malo había en aquella situación y Mary Loli trasmitía, en su transfigurada cara, una paz y dulzura interior.

El segundo momento fue una mañana. Mi padre y yo salíamos de casa de Emilia, hacia la casa de Elena, donde desayunábamos junto a mi hermana Aurora y mi madre. Vemos, de lejos, que Conchita venía en dirección a la iglesia. De repente, cae en éxtasis, con el característico ruido de las rodillas y la transfiguración de la expresión de su rostro. Mi padre y yo nos acercamos corriendo. Conchita estaba recibiendo la comunión de manos de un ángel. Nosotros solo veíamos a Conchita. Lo «demás» nos lo contó Conchita una vez «despertada» del momento. Serían las diez de la mañana. Solos mi padre, Conchita y yo. Mi sensación fue de agradecimiento por haber vivido aquel momento.

El tercero. Después de un día de fiesta, el 18 de julio, en que se celebraba al patrón del pueblo, todos esperaban un hecho prodigioso: un milagro. Pero el tiempo pasaba y la desesperanza en algunos era evidente. En el pequeño pueblo, varios miles de personas habían acudido a «ver el milagro». Pasados unos minutos las doce, estábamos en casa de Elena y oímos mucho ruido en la calle. La casa de Elena estaba muy próxima a la de Conchita. En medio de la calle, Conchita con la boca aún abierta, estaba en éxtasis. Pude ver perfectamente la Sagrada Forma en la lengua de Conchita. Como cuentan otros muchos testigos, blanca y con grosor superior al normal. Mi distancia a la niña sería de unos dos metros. Yo en alto, en una especie de pequeño porche que existía en esa esquina.

He visto y soy testigo de muchas apariciones. No creo que sea el momento de recordar cada detalle o cada hecho. Testigos mucho más cualificados que yo lo han hecho. Tampoco me corresponde calificar los hechos ocurridos en Garabandal. Doctores tiene la Iglesia. Sí puedo afirmar lo que para mí ha supuesto Garabandal.

La fe es un don que Dios nos da a cada uno. Pero esa fe se apoya en otros factores para que tenga suficiente consistencia: en la razón; en la oración; en la lectura meditada de los Evangelios; en la frecuencia de los Sacramentos; en el ejemplo que recibimos de otras personas, padres, sacerdotes… También, y de forma importantísima, en estos regalos que Nuestra Madre nos da en sus apariciones y con sus mensajes.

Yo, en los días que presencié las apariciones de las niñas, no vi nada que me pareciera contrario al dogma y a la moral católica. Vi cómo, unas niñas normales y corrientes, se transfiguraban reflejando una sensación de belleza y paz interior a los que asombrados contemplábamos unos hechos inexplicables. En mi vida interior, Garabandal solo ha influido en afianzar mi fe y mi amor por la Santísima Virgen, mi Madre.

Román Martínez del Cerro
En Puerto de Santa María, a 14 de julio de 2014.